Palabras clave: Batalla de ideas, política, crítica, transformación, diálogo, pensamiento otro, cambio de época, hegemonía popular, lectura, análisis, verdad, sueños, liberación.

lunes, 10 de junio de 2013

Es la conciencia, estúpido


Si hay una idea que está clara entre los sectores progresistas y revolucionarios que han apoyado la Revolución bolivariana con el corazón, pero también con la cabeza, es que la construcción del socialismo depende de dos cosas fundamentales: producir de otro modo y pensar-sentir de otro modo. Se trata de inventar, impulsar, desarrollar, otros modos. Ahora bien, cambiar nuestra manera de pensar y de sentir y cambiar nuestro modo de producir, encierran más luchas de las que podrían pensarse.

En los últimos meses, la población venezolana ha tenido que enfrentar una brutal ola inflacionaria desatada luego de la adopción del nuevo régimen cambiario ―pero también antes de este―, ola que tiene mucho de especulación pura y dura; una especulación que, por cierto, tiene mucho de guerra económica. Distintas declaraciones oficiales han dado cuenta del “clima de negociación” imperante, dado que la idea dominante en el discurso no es la fiscalización, la contraloría, la dura sanción contra el especulador o, menos aún, el boicot. Al contrario, el discurso se ha orientado a destacar la necesidad de potenciar la producción nacional como vía elemental para la superación definitiva de los consuetudinarios efectos del rentismo petrolero en la economía.

“Importamos porque no producimos, no producimos porque importamos”, se ha dicho. Somos un país petrolero y los ingresos por concepto de renta petrolera son ingentes. Además, estos pueden eventualmente desbordar las arcas del Estado dado un repunte vertiginoso de los precios del hidrocarburo. Tenemos una gran capacidad de compra. Venezuela se puede dar el lujo, a parte que resulta cómodo, de repartir peces sin enseñar a pescar. Vendemos la materia prima, importamos manufacturas y parte importante de la comida. Un tema viejo, pero sin embargo siempre nuevo. Un asunto estructural, pero que nos sigue metiendo en difíciles coyunturas.

En su Grano de Maíz del 7 de junio, Antonio Aponte recuerda que uno de los desafíos que históricamente han tenido que enfrentar las revoluciones modernas, ha sido el de “cómo aumentar la producción sin entregarse en las manos de la cultura capitalista”. El autor, plantea que los distintos modos de producción que han existido en la historia han tenido varios elementos comunes: en ellos ha permanecido el egoísmo, la división de la sociedad en clases y la consiguiente fragmentación social. En este sentido, la revolución burguesa, como lo dijo Marx, habría abolido la propiedad feudal en provecho de la propiedad burguesa, pero conservando el egoísmo, “la cultura de la monarquía”. “La esclavitud fue abolida en lo económico, pero su esencia cultural todavía campea”, dice Aponte.

Sobre esta reflexión, nos gustaría hacer algunos matices. El paso del feudalismo al capitalismo fue un proceso altamente revolucionario, aunque a lo “revolucionario” en este caso haya que despojarlo de toda idea de humanismo o justicia social, toda vez que los cambios, tanto tecnológicos como materiales, privilegiaron a pequeños grupos que terminaron imponiéndose sobre otros, y favorecieron la idea del individuo como fundamento del orden y la razón en el mundo, el nuevo mundo, el universo liberal-burgués, europeo, moderno. Los fundamentos del status social se modificaron, pero la idea de status se mantuvo. Dice el historiador Boring que, en el contexto de la edad media, el noble era poseedor de tierras por derecho divino, mientras que en la naciente sociedad burguesa la tierra y los títulos podían ser comprados por alguien de “sangre impura”. Este era el empresario, el comerciante, el naciente hombre burgués.

De tal manera, hablando ya desde esta tierra, conviene recordar que ésta fue, en el contexto de la transición feudalismo-capitalismo, territorio de lo colonial, de lo bárbaro-subalterno. Que nuestros jóvenes países latinoamericanos, ex colonias de España y Portugal y disputadas sucesivamente por diversas potencias hegemónicas, a principios del siglo XIX superaron el colonialismo como dominación político-administrativa por parte de una potencia extranjera, pero no superaron la denominada colonialidad, referida esta a la racionalidad, la manera de ver y entender el mundo. En tal sentido, hablando desde el sur, tenemos pendiente la consolidación de nuestra independencia, en un sentido integral, epistémico, mental, cultural.
Desde la perspectiva de la Teoría Bolivariana de la Historia, luego de haber superado el principio monárquico (No superado en algunos países de Europa) y el principio señorial, nos quedaría aún superar el principio cristiano (Cristiandad mas no cristianismo) y el principio racional, precisamente el principio que más nos vincula con la tradición europea.

Desde otras tradiciones de pensamiento crítico, estaríamos hablando del Patrón Colonial de Poder del que habló Aníbal Quijano o del monstruo de múltiples cabezas del que habla Ramón Grosfoguel, como sistema de jerarquías (Heterarquías) impuesto en nuestras tierras hace 500 años.

Así las cosas, una transición al socialismo como modo de organización social donde se piensa (o se inpiensa) de otro modo y se produce de otro modo, necesita de un cambio radical de la conciencia. En este punto, estamos completamente de acuerdo con Aponte. Esto nos lleva, de nuevo, al tema de las instituciones o instancias desde las que el sistema logra hacerse hegemónico. Es imprescindible superar el egoísmo, de acuerdo. Pero más urgente y necesario es superar ese conjunto de mitos modernos que cierta izquierda asume, todavía hoy, con eufórico optimismo decimonónico. Uno de ellos: la idea de progreso, una palabra entre muchas que integra el lenguaje impuesto que comenzaron a sufrir nuestras sociedades hace siglos. Entiéndase por lenguaje impuesto, ideología, falsa consciencia.

Solo la Fe ciega en ese progreso, en ese particular desarrollo, pudo hace creer a los rusos que era posible la revolución en un solo país y con las armas melladas del capitalismo, con la mercancía y el valor de cambio, con la idea fija de construir “algo superior” a la sociedad occidental.

Ahora bien, un párrafo del artículo mencionado resulta muy interesante. Dice Aponte:

“Pero hay más, las Revoluciones han ocurrido en sociedades de poco desarrollo de las fuerzas productivas, quizá porque es allí donde están poco desarrollados los medios de manipulación de la sociedad, entonces el reto de elevar las fuerzas productivas se hace central para la revolución”.

De entrada, la tesis de que las revoluciones rusa, china y cubana, se pudieron hacer debido al poco desarrollo en esas sociedades de las fuerzas productivas, lo cual es hablar de sociedades con poco desarrollo de aparato mediático, no deja de ser interesante. Ahora, por una parte, conviene acotar que los espacios y tiempos históricos de estos procesos son distintos. Y de otro lado y aún más importante, si está planteada una correspondencia entre industrialización y desarrollo cultural mediático, siendo este una expresión de aquella, no se comprende como una elevación de las fuerzas productivas puede ser central para la revolución, toda vez que esta se traduciría en mayor desarrollo y, por tanto, en mayor influencia de la mediática, si es que partimos de que la revoluciones son más probables en sociedades con débil desarrollo mediático.

De todo el planteamiento de Aponte, nos quedamos con este último. Pero, después de todo, ¿Cómo se soluciona el dilema de las fuerzas productivas en la revolución? Para este autor la clave está en la Revolución cubana y en el Che Guevara. Todos sabemos que el Che fue un duro crítico de la vía que había tomado la Unión Soviética; todos recordamos su agudeza, su capacidad prospectiva, su particular línea antiimperialista en todo sentido. Recordemos las razones por las que Walsh y Masseti salen de Prensa Latina. Recordemos críticas del Che a la NEP (Nueva política económica); no olvidemos la brega de Guevara por el advenimiento del hombre nuevo. Sí, ahí, ciertamente, puede haber una clave.

Esta clave, tendría que ver con una nueva Fe. No una Fe en el progreso, en el desarrollo imparable de las fuerzas productivas, y sí en la voluntad del hombre y la mujer, en su capacidad, en su conciencia, su ética revolucionaria. Aponte cita el principio que guiaría la revolución dirigida por Fidel y al Che: “lo principal es la conciencia, crear riqueza a partir de la conciencia y no conciencia a partir de la riqueza”.
No obstante, pensamos que si la clave está en la Revolución cubana, lo está por una razón de fuerza que Aponte solo sugiere en su texto. La Cuba revolucionaria es un ejemplo, un “fenómeno que debemos estudiar”, porque ha combatido por décadas el cerco imperial y porque resistió estoicamente el desmoronamiento del bloque soviético. En ese sentido, el desarrollo de la conciencia del militante cubano, el temple y la ética de los cuadros cubanos, ha estado en relación directa con los formidables y permanentes desafíos que ha tenido que confrontar.

El tema da para mucho y mucho habría que reflexionar y discutir. Alvin Lezama, a partir del artículo de Aponte, nos deja esta importante reflexión:

“Debemos saber con claridad quienes somos, no es suficiente con quienes creemos ser, este será una parto doloroso, tenemos virtudes y defectos, potencialidades y taras, todas deben aflorar, es como una gran psicoterapia nacional, poco a poco, pero que nos permita hacer conscientes esos mensajes brujos que se sembraron en la colonia -y que se repiten hoy en chistes, en cuentos, en canciones, en expresiones populares-, que impuso su hegemonía y borró todas las raíces”.

Otra vez el patrón colonial, los principios de dominación, el lenguaje impuesto, taras que, como afirma Lezama, son como mensajes maléficos que están sembrados desde la época colonial y que han permanecido, en sus versiones más tradicionales o en las más sofisticadas, en nuestro sistema de creencias a través de chistes, canciones, cuentos y expresiones populares, es decir, a través de los aspectos ideológicos de la cultura.

Volviendo a Cuba, al tema mass mediático y a la relación entre este y el grado o tipo de conciencia que una sociedad puede eventualmente alcanzar, hagámonos las siguientes preguntas:

¿Sería bizarro pensar que el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto a Cuba, fue determinante para el desarrollo educativo y la ética revolucionaria de los cubanos?

¿Trajo este bloqueo, como consecuencia indirecta la posibilidad de librar a Cuba de la alienante invasión publicitaria e ideológica del estilo de vida americano, y por tanto la posibilidad de un desarrollo cultural más libre de estas influencias?

Evidentemente, existe una relación, aunque este no sea el único factor que ha influido en el desarrollo humano de los cubanos. Pero, si bien esto es verdad ¿No es lo suficientemente significativo que una sociedad haya estado relativamente libre de los spots publicitarios y la basura mediática transnacional? ¿De la cultura McDonald?

Por un momento, considerando todo lo anterior, viremos la visión hacia Venezuela, y nos encontraremos con que nuestra ética revolucionaria, nuestra educación, nuestro desarrollo cultural, nuestros cuadros y militantes políticos, nunca estuvieron libres, y no lo están aún hoy, de la seductora influencia del American Way of Life, del pasmoso conglomerado mediático global, hoy perfeccionado y ramificado como nunca antes en la historia de la humanidad.

Finalmente, en caso de que aceptemos como válida la tesis según la cual las revoluciones de la primera mitad del siglo XX fueron posibles gracias al débil desarrollo de los aparatos mediáticos, tendríamos que preguntarnos hoy, con la conciencia que tenemos o deberíamos tener del actual estado de ese arte: ¿Soy hoy día posibles las revoluciones sin una transformación radical de los aparatos mediáticos?

Es perfectamente posible crear riqueza a partir de la conciencia, pero ¿Se podría crear riqueza a partir de una conciencia alienada, de una falsa conciencia? Sin publicidad, otro cuento sería, otra sociedad sería. Hace falta producción material, sí, pero también de contenidos, porque no solo de la materia vive el hombre.
  

@maurogonzag

domingo, 26 de mayo de 2013

Para lograr una sociedad de paz: tanta mano derecha como sea necesaria, tanta mano izquierda como sea posible


Recientemente, el filósofo uruguayo Pablo Romero nos hizo llegar el video de su intervención inaugural en el programa Ciudad+, espacio ancla de Tv Ciudad, en el que aborda el sensible tema de la seguridad ciudadana, apoyándose en autores como Thomas Hobbes y Hannah Arendt. Luego de escuchar las reflexiones de Romero, debo decir que estas resultan de gran interés para los venezolanos, toda vez que el tema de la seguridad se encuentra en el centro de la preocupación de nuestro pueblo, y que el gobierno del presidente Maduro ha implementado una serie de políticas por la seguridad, llamando a los diversos actores sociales y políticos a incorporarse a tan importante lucha.

Tan pertinentes resultan las palabras del filósofo, que me motivaron a escribir estas líneas donde comentaré la visión de Romero sobre el tema y aprovecharé para recordar algunas cosas y dejar algunos aportes. Al inicio de su intervención, dice Romero que el tema de la seguridad está instalado como fundamental en la sociedad uruguaya, tal como ocurre en el caso venezolano, lo cual de entrada no resulta nada casual. Tal afirmación, me hizo pensar casi por reflejo en los medios de comunicación uruguayos, pero de inmediato recordé que la percepción o sensación de inseguridad es sólo la parte simbólica del problema.

En primer lugar, Romero parte de una reflexión raizal, argumentando que el tema de la seguridad está presente en el imaginario social desde los propios tiempos de la formación del Estado Moderno, con lo cual quiso dejar claro, ante todo, que la inseguridad y la violencia no son fenómenos nuevos, aunque hoy el problema se haya complejizado hasta niveles de emergencia. También, nos sirve afirmar que los problemas de inseguridad son comunes ―hasta podríamos decir, inherentes― a todas las sociedades modernas, a toda urbe moderna, lo cual es decir, a todo centro urbano donde se concentran los medios de producción, se centraliza el poder y donde por tanto se aglomera la población.

El filósofo ilustró la idea citando la idea central de El Leviatán, de Thomas Hobbes, filósofo político de la “segunda modernidad temprana” (Dussel). Romero recordó que el tema de la seguridad fue central para el autor inglés en su justificación de la necesidad del Estado absolutista, del poder total del soberano, lo que es hablar del Estado moderno. Según la clásica teoría, antes del surgimiento del Leviatán los hombres vivían en una especie de estado de guerra permanente, sin autoridad, en lucha de todos contra todos. Es aquí donde se establece un “contrato”, según el cual los ciudadanos ceden su derecho a la defensa en el soberano, superándose así la pelea entre hombres-lobos, y dando paso al nacimiento de la “violencia legítima”.

Es así, como una de las funciones del Estado moderno, inherente a su nacimiento, es la protección de la ciudadanía, garantizar el orden, la paz, la seguridad. Ahora bien, explica oportunamente Romero que llega un momento en que ese contrato, por diversas razones, deja de cumplirse, quebrándose así el pacto social. De ahí, los “ajustes de cuentas”, los linchamientos y demás manifestaciones de “violencia no oficial, no legítima”, asumida por individuos y comunidades dada la incapacidad de las instituciones para imponer la justicia y mantener la paz. Cabe acá hablar de las llamadas zonas grises, aquellas en las que la presencia del Estado es lo suficientemente débil o inexistente como para dar lugar a micro-estados o estados paralelos, mafias, grupos, que logran llenar los espacios jurisdiccionales vacíos.

Un hecho deja claro Romero: si el Estado no actúa el sujeto recupera su derecho a la defensa propia. Vale decir también, si el Estado no actúa y el ciudadano no se organiza para defenderse, nacerá tarde o temprano una organización para-estatal que surgirá de la necesidad de protección. Y como puede presentarse el caso de que la situación se presente en una población tranquila donde si acaso ocurrirá alguna riña entre vecinos después de las fiestas patronales que tienen lugar una vez por año, la organización para-estatal puede surgir para proteger a esa población de ella misma, lo cual constituye un vulgar chantaje.

Algo similar ocurre en algunas partes de la ciudad de Caracas, posiblemente también en Montevideo, Bogotá o Buenos Aires, cuando ciertos individuos se ofrecen para cuidar los carros (coches) cuando estos estacionan en la calle, en alguna zona comercial. Estos “cuidadores”, se animan no solo a pedir sino a exigir dinero por haber cuidado el vehículo, ¿De quién?: de ellos mismos.

jueves, 16 de mayo de 2013

La izquierda y el fascismo ¿Por qué?

El fascismo, como otras palabras que han figurado en el discurso político en los últimos años de proceso bolivariano, lamentablemente ha vuelto a la palestra política luego de los hechos que, hace un mes, dejaron el trágico saldo de 11 fallecidos, hechos que han llamado a algunos escritores y analistas a recordar de qué va esto del fascismo. En tal sentido, a continuación dejaré un humilde aporte para la comprensión de este fenómeno político, uno de los más oscuros generados por la modernidad capitalista.

De entrada, nos gustaría destacar que como signo, como vocablo, el fascismo forma parte de ese conjunto de palabras de las que se ha hecho un uso reiterado sin que se haya reparado muchas veces en sus orígenes y rasgos no sólo históricos, geográficos, económicos y sociales, sino también y sobre todo en los psicológicos y emocionales. Y qué decir del punto al que hemos llegado, que los representantes de la extrema derecha venezolana, en sus intentos de mimetización con el discurso chavista, han comenzado a usar el término para descalificar al actual Gobierno bolivariano.

Como suelen ser los temas relacionados con el comportamiento humano, el fascismo, debido las profundas marcas y secuelas que dejó como fenómeno político en la Europa de los años treinta y cuarenta del siglo XX, por lo general no se considera como una tragedia humana siempre latente y muchas veces presente ―en mayor o menor medida, escandalosa o silenciosamente― en toda sociedad capitalista, lo que es decir sociedades estratificadas, jerárquicas, desiguales, y tanto más opresoras, represoras y autoritarias cuanto más instaurado está el capitalismo en cuestión.

Sin embargo, siempre resulta sano para el análisis recordar el contexto en el que surgen los fenómenos sociopolíticos, a fin de salvar oportunamente los tiempos históricos y geográficos cuando hoy, en la segunda década del siglo XXI, parecieran asomarse algunos de los rasgos de este retoño fatal del capitalismo. A mediados de la década pasada, el escritor Vargas Llosa planteó algunos rasgos de lo que sería el “fascismo contemporáneo”, estableciendo comparaciones entre este y el original surgido en los años de la primera posguerra. Para el literato, los rasgos característicos del fascismo de los años 20 y 30 del siglo pasado fueron el militarismo y la voracidad territorial, a diferencia del “fascismo de nuestra época”, el cual estaría caracterizado por explícitas prácticas de odio y desprecio por la condición humana.

Cuando analizamos la diferencia entre ambos fascismos establecida por el peruano, nos damos cuenta de que en el primer caso estamos en presencia de lo que afirma Franz Leopold Neuman en Behemoth: The Structure & Practice of National Socialism, 1933-1944,  y que fue citado recientemente por  Luis Britto García en su artículo “Fascismo”: el fascismo es la complicidad absoluta entre el gran capital y el Estado. En el segundo caso, que es el del fascismo de nuestra época, el autor alude comportamientos, actitudes, prácticas. En este peculiar caso, no hay estados militaristas dirigidos por jefes alucinados, delirantes y racistas que quieren establecer un imperio mundial de mil años, aunque sí algunos comportamientos sociales, rasgos de carácter, ideologías y posturas presentes en algunos grupos políticos. En nuestro caso, lo preocupante es que importantes sectores de la población venezolana se identifican o apoyan a esos grupos políticos, aunque sean grupos minoritarios.

Contextos

El fascismo, como fenómeno político ―pero también como problema de psicología de masas, como veremos― tuvo lugar en una condiciones histórico-concretas muy particulares: las de la Europa de la primera posguerra, en pleno auge de la Revolución Rusa, años en los que sobrevendría la peor de las crisis capitalistas hasta ese momento (el crack de 1929), crisis que tuvo como expresión en el campo de la filosofía, el arte y de las ideas en general, el nihilismo, el decadentismo, un auge del misticismo y un clima general de pesimismo fatalista. Fueron los años donde se publicaron obras como La decadencia de occidente, de O. Spengler, y donde surgieron teorías estéticas como aquella de la “deshumanización del arte”, de Ortega y Gasset.

En el marco de esta atmósfera de pesimismo, contra la cual se levantaron por cierto autores como Gramsci o Roman Roland, escritores como John Maynard Keynes consideraron un error catastrófico los tratados de Versalles, ya que en su opinión estos producirían en Alemania una hiperinflación y darían lugar, inevitablemente, al militarismo nacionalista. Efectivamente, este agravamiento de la situación económica trajo depauperación al pueblo alemán, el empobrecimiento de su clase media, lo cual produjo la exaltación de los sentimientos de honor y del orgullo nacional. Alemania había sido humillada y, lamentablemente, el tiempo le daría la razón al economista inglés. Pero más allá –o más acá- de estas razones político-económicas del surgimiento del Nacionalsocialismo, están aquellas que explican el por qué, en un contexto revolucionario o, donde las condiciones de empobrecimiento de la clase media y de la clase trabajadora alemana en general, en teoría estaban creando las condiciones para una transformación revolucionaria de la sociedad, esa clase media y, lo que resultaba más llamativo aún, parte importante de la clase obrera, optó por la opción reaccionaria; la mayoría de los alemanes votaría por Hitler.

Tres trabajos resultan esclarecedores para comprender qué es el fascismo y cómo surgió. Uno es La psicología de masas del fascismo, del alemán Wilhelm Reich; el segundo es La lucha contra el fascismo, de León Trotsky, y el otro es La escena contemporánea y otros escritos, de José Carlos Mariátegui. Los tres estudiaron de cerca el fenómeno desde las entrañas de la Europa sacudida por la gran guerra y la Revolución rusa. Reich, desde las primeras páginas de la obra citada, explica cómo la izquierda en Alemania se vio imposibilitada, en gran medida por el mecanicismo, el positivismo y el economicismo vulgar dominantes en ese particular marxismo, de dar cuenta del fenómeno fascista, lo cual establece un importante elemento en el análisis de nuestro tema: la responsabilidad de la izquierda en el surgimiento del fascismo.

Por su parte, el revolucionario ruso, analizando el auge creciente del movimiento nazi en la Alemania de los 30, afirmó que “el fascismo, en tanto que movimiento de masas, es el partido de la desesperanza contrarrevolucionaria.” Detengámonos en una frase que tiene la capacidad de explicar todo el proceso del auge nacionalsocialista. Gabriel de los Santos, parafraseando a Trotsky, lo explica claramente cuando establece que “el crecimiento del nacionalsocialismo estaba relacionado, básicamente, con la pérdida de la esperanza en la revolución por parte de capas cada vez más importantes de la pequeña burguesía que, a su vez, arrastraron tras de sí, en su desesperación, a sectores también considerables del proletariado. El movimiento de estas capas sociales hacia el bando fascista se dio en medio de una fuerte crisis social y de la incapacidad demostrada por parte de los partidos de la clase obrera de impulsar la revolución hacia la victoria”. Otra vez, esta vez de la pluma de Trotsky, tenemos una reflexión que señala la responsabilidad de “los partidos de la clase obrera”.

Volviendo con Reich, en uno de los pasajes de su obra, el alemán se lamenta de que no se haya considerado la experiencia fascista italiana para comprender la experiencia fascista alemana, toda vez que la italiana reunía en su seno las dos funciones netamente antagónicas si las que no se podría comprender el fenómeno del fascismo como “miedo a la libertad”. Estas son:

1) Los intereses subjetivos de la base de masas de un movimiento reaccionario como lo es el fascismo: desde esta perspectiva, el fascismo fue desde sus inicios un movimiento de las clases medias, y Hitler nunca hubiera podido ganar para su causa a este grupo sin prometerles la lucha contra el gran capital, los grandes almacenes, los truts. Dice Reich, que los dirigentes del nacionalsocialismo, presionados por las clases medias, tuvieron que tomar medidas efectivamente anticapitalistas, medidas que posteriormente tuvieron que revocar obligadamente por una presión mayor: la del gran capital. ¿Donde estaban aquí los partidos obreros, revolucionarios? ¿Parlamentando?

2) La función reaccionaria objetiva del movimiento: opuesto tanto al liberalismo como al comunismo, objetivamente el fascismo propugnó la vuelta al pasado. De tener que plantear las palabras clave de este movimiento, a todas luces estas serían: tradición, nación, raza, familia, religión y autoridad… Pero si intentamos dilucidar los dos ingredientes explosivos que dieron lugar al fenómeno, tendríamos que citar, de un lado, el empobrecimiento de la clase media, su desesperanza, su “arrechera”, y de otro, la moral sexual represiva presente en la familia media pequeña burguesa, un elemento que por sí solo merecería análisis aparte. De tal manera, se hace necesario distinguir entre la función reaccionaria objetiva del movimiento y los intereses subjetivos de su base de masas.

Así, tanto Trotsky como Reich destacan lo ocurrido con la clase media, la pequeña burguesía, su empobrecimiento, su honor mancillado, su orgullo nacional exaltado, su represión sexual, su pérdida de confianza en el proletariado y por tanto su pérdida de esperanza en la revolución, todo lo cual hace que termine apoyando al “partido de la desesperanza contrarrevolucionaria. En palabras de Trotsky:

“…bajo las condiciones de desintegración capitalista y el atolladero de la situación económica, la pequeña burguesía procura, intenta y se esfuerza por liberarse de las ataduras de los antiguos amos y dirigentes de la sociedad [los capitalistas]. Es totalmente capaz de unir su destino al del proletariado. Para eso sólo se necesita una cosa: la pequeña burguesía debe adquirir confianza en la capacidad del proletariado de llevar a la sociedad por un nuevo camino. El proletariado sólo puede inspirar esa confianza por su fortaleza, por la firmeza de sus acciones, por una hábil ofensiva contra el enemigo, por el éxito de su política revolucionaria. Pero ¡ay si el partido revolucionario no está a la altura de la situación!… La pequeña burguesía podría resignarse temporalmente a privaciones crecientes si a través de su experiencia llega a la convicción de que el proletariado está en condiciones de llevarla por un nuevo camino. Pero si el partido revolucionario, a pesar de que la lucha de clases se acentúa incesantemente, se muestra una y otra vez incapaz de unificar a la clase obrera tras él, si vacila, se vuelve confuso, se contradice, entonces la pequeña burguesía pierde la paciencia y empieza a considerar a los obreros revolucionarios como los responsables de su propia miseria. Todos los partidos burgueses, incluida la socialdemocracia, piensan en ello. Cuando la crisis social asume una agudeza intolerable, aparece en escena un determinado partido con el objetivo declarado de agitar a la pequeña burguesía hacia un blanco de ira, y de dirigir su odio y su desesperación contra el proletariado. En Alemania, esta función histórica la realiza el nacionalsocialismo, amplia corriente cuya ideología está formada por todos los tufos pútridos de la sociedad burguesa en descomposición”.

Por último, el Amauta Mariátegui, quien estuvo en Italia entre 1919 y 1922 (El Partido Nacional Fascista nace en 1920) analiza en el capítulo de la obra citada “Biología del fascismo”, el surgimiento del fascismo en Italia de la mano de Benito Mussolini quien, recordemos, venía del partido socialista.

Llegado el año 1914, cuando resonaron los tambores de la gran guerra, los socialistas ―el partido de Mussolini― exigieron la neutralidad de Italia. Pero el frenético y beligerante duce defendió la intervención de Italia en la guerra, dándole a su punto de vista una perspectiva revolucionaria, afirmando que la conflagración precipitaría la revolución europea. Pero, dice el Amauta “…en realidad, en su intervencionismo latía su psicología guerrera que no podía avenirse con una actitud tolstoyana y pasiva de neutralidad.” Resulta interesante que Mariátegui aluda reiteradamente  los rasgos de carácter de Mussolini. El hecho es que Italia participaría en la guerra junto a una Entente (alianza Inglaterra, Francia y Rusia contra Alemania) que, luego de su triunfo, no retribuyó de la mejor manera la participación de Italia, para quien la guerra terminó siendo un mal negocio. Italia sería ninguneada en el Tratado de Versalles, lo cual produjo descontento, desencanto, resentimiento.

Italia pudo sentirse ofendida y humillada. A pesar de que el clima era ciertamente revolucionario ―dice Mariátegui que Mussolini fue derrotado en las parlamentarias por los socialistas, quienes ganaron 155 escaños―, los extendidos sentimientos de depresión y decepción estaban creando las condiciones para una “violenta reacción nacionalista”. Mariátegui afirma que esta fue la raíz del fascismo en Italia. Ahora bien, el tema de las clases medias es, por supuesto, central en el surgimiento del fascismo en Italia, razón por la que el Amauta ensaya una importante caracterización de la clase media y su papel en el proceso, planteando un análisis inusitadamente similar al que hace Trosky respecto al caso alemán, con lo cual coincide también en importantes puntos con Reich. Dice Mariátegui:

“La clase media es peculiarmente accesible a los más exaltados mitos patrióticos. Y la clase media italiana, además, se sentía distante y adversaria de la clase proletaria socialista. No le perdonaba su neutralismo. No le perdonaba los altos salarios, los subsidios del Estado, las leyes sociales que durante la guerra y después de ella había conseguido del miedo a la revolución. La clase media se dolía y sufría de que el proletariado neutralista y hasta derrotista, resultase usufructuario de una guerra que no había querido. Y cuyos resultados desvalorizaba, empequeñecía y desdeñaba. Estos malos humores de la clase media encontraron un hogar en el fascismo”.

Finalmente. Toda esta reflexión no nos serviría de mucho si Venezuela no fuera un país con una gran clase media, si parte importante de esa clase media no hubiera votado ―incluyendo sectores “proletarios― por un candidato fascista semi-camuflajeado pero que pudo mostrar su verdadero rostro hace un mes; si no tuviéramos dentro de nuestro sistema de partidos políticos un partido de clara ideología y prácticas fascistas; si no tuviéramos un partido socialista que debe renovarse y replantearse. El debate, como siempre, queda abierto.

amauryalejandrogv@gmail.com

@maurogonzag

miércoles, 1 de mayo de 2013

Y tú ¿Qué eres? ¿Intelectual o trabajador intelectual?

Todavía más importante es advertir las consecuencias de la costumbre, cultivada con tesón por los ideólogos burgueses, de considerar que los llamados “valores” contenidos en el pueblo están fuera del alcance de la observación científica. Porque estos “valores” y “juicios éticos” que para los trabajadores del intelecto son sustancia intocable, no llueven del cielo. Ellos constituyen aspectos y resultados importantes del proceso histórico y no basta limitarse a tomar conocimiento de los mismos, sino que deben examinarse con relación a su origen y a la función que les cabe en el desarrollo histórico. En rigor, la desfetichización de los “valores”, “juicios éticos” y demás, la identificación de las causas sociales, económicas y físicas de su surgimiento, cambio y desaparición, así como la revelación de los intereses específicos a los cuales sirven en determinado momento, representan la mayor contribución que pueda hacer un intelectual a la causa del progreso humano”. Paul Baran

Eclosión intelectual

Cuando reflexionamos sobre el Comandante Chávez y su legado, sus lecciones, anécdotas, sus grandes logros, la influencia en la región y el mundo del proceso que él inauguró, no nos extraña aunque no deja de llamar la atención, el hecho de que Hugo Chávez haya sido el presidente, la figura, el líder político sobre el cual se ha escrito más en el mundo.

Así lo testimonia el libro de Rafael Ramón Castellanos Hugo Chávez Frías y la Revolución Bolivariana (2010), que recopila toda la bibliografía producida sobre el Comandante hasta el momento de la edición del libro. Han pasado tres años, y ahora con su lamentable desaparición física el pasado mes de marzo, podemos decir que seguirá siendo el centro de las preocupaciones y reflexiones de muchos ensayistas, biógrafos, poetas, historiadores y escritores en general.

Este singular hecho, equiparable a otro no menos trascendental que ubica a Chávez entre los líderes de mayor legitimidad democrática de la moderna historia republicana occidental, tiene que ver con un importante movimiento cultural crítico-reflexivo surgido en Venezuela con el advenimiento de la Revolución bolivariana; un movimiento que tiene que ver con la notable democratización del libro y la lectura que hemos vivido en Venezuela por lo menos en los últimos diez años, así como con la democratización del acceso a las Tecnologías de la Información y la Comunicación, apertura que ha producido y sigue produciendo un importante salto cualitativo en la población.

Si bien se ha dicho que “los pueblos no son pendejos”; sin bien Aníbal Nazoa habló de “los poderes creadores del pueblo”; si está fuera de discusión que el pueblo de Venezuela siempre ha sido un pueblo bravo, tierra de los centauros que barrieron con el colonialismo español desde Caracas hasta Ayacucho durante la guerra de independencia, no quedaba claro si el pueblo venezolano era un pueblo culto, en el sentido martiano de “cultura para la libertad”. Sin embargo, en los últimos años, algunos indicadores y sobre todo la renovada cultura política que ha demostrado el venezolano en cada manifestación, concentración y evento electoral, vienen dando cuenta de las nuevas cualidades, del proceso de maduración intelectual y política, complejo y sujeto a retrocesos, que ha vivido el pueblo venezolano durante el proceso bolivariano.

Es indudable que este proceso de maduración, de acceso masivo a la educación, a la red de redes, a los libros y lo más importante, a una experiencia política proteica, única y luminosa en la que todos han sido de alguna manera protagonistas, produjo una importante eclosión intelectual que ha rendido importantes frutos y que está produciendo una serie de fenómenos cualitativos, dignos de ser estudiados sistemáticamente. A los conocidos ―o re-conocidos― pensadores e intelectuales del país, donde se cuentan escritores, poetas, dramaturgos, artistas y creadores de todos los géneros y provenientes de los más disímiles espacios, se suman, en un proceso en pleno desarrollo, un conjunto de escritores-creadores reflexivos y críticos que, desde su formación y su experiencia, han desplegado su labor creativa motivados por ese fenómeno humano que fue Hugo Chávez y la dinámica política que inauguró.

Algunos estudios recientes, por ejemplo, han arrojado interesantes resultados en materia de lectura. Hablamos del Estudio de comportamiento lector, acceso al libro y a la lectura que desarrolló el Centro Nacional del Libro a través del equipo de Asesoría Goya, y que demostró que Venezuela se ubicaba como el tercer país que más leía en América Latina, después de Argentina y Chile. Si bien esto ya es un hecho destacable, el estudio también reveló que la mayoría de los lectores se inclinaba por temas históricos, políticos y sociales, según informaron en su oportunidad los responsables del estudio.

lunes, 22 de abril de 2013

Enchufado con el vino, el perfume y las mujeres

En Venezuela, la renta petrolera y la sociedad rentista que esta produce, ciertamente configuran un cuadro sociocultural y sociopolítico complejo, de ahí que sea pertinente empezar por ahí al emprender cualquier análisis de la sociedad venezolana, y más aún cuando ensayamos un análisis del proceso político venezolano, de la Revolución bolivariana.

En los últimos años ―como todo el mundo― he tenido conversaciones (discusiones) sobre política con allegados, familiares y amigos. En una de las más recientes, noté que surgió de nuevo una “crítica” dirigida a lo que se podría llamar “contradicciones de la revolución” o, “incoherencias de los revolucionarios”. De entrada, señalo que cabe aquí el tema de nuestro consuetudinario consumismo, las viejas críticas del Che Guevara de hacer la revolución con las armas melladas del capitalismo, la mentalidad “pequeño burguesa” que caracterizaría ―de acuerdo a las últimas investigaciones de Hinterlaces― al venezolano y a la venezolana, nuestro modo de vida, cosmovisión, sistema de creencias y valores, educación, y todo aquello que desde la perspectiva antropológica defina nuestra cultura.

 Esta “crítica”, todos la hemos escuchado en algún momento y tiene que ver con aquellos funcionarios, directivos, cuadros medios, y a fin de cuentas con todos aquellos que, al tiempo que manifiestan y defienden su filiación política socialista, portando su camisa roja y sosteniendo un discurso abundante en consignas revolucionarias y frases de Marx y el Che, se declaran partidarios “del vino, las mujeres y los perfumes” de la burguesía, para decirlo con palabras de Trotsky, quien en su momento opinó que los tres elementos citados era lo mejor que tenia para ofrecer la clase dominante. Apartemos esos tres elementos simbólicos y hablemos de las “cosas buenas”, “cosas caras” y demás exquisiteces que se tienden a asociar con status o que han llegado a convertirse, dadas ciertas condiciones históricas, en verdaderos fetiches del mercado. Un ejemplo entre muchos, los blackberrys.

 “Miren a esos socialistas, comiendo en McDonalds”, “Mira la camionetota que se compró ese socialista”, “Eres socialista y te gustan las cosas buenas, no entiendo”, “¿Eres socialista y compras en el imperio?”, “Miren a este socialista usando pura ropa de marca”, “¿Eres socialista y usas la tecnología del imperio?”, “Tremendo socialista, admirador de Michael Jackson!”, “Este es el peor, socialista tomando puro Whisky 18 años”; son expresiones que seguramente hemos escuchado en estos últimos años de Revolución bolivariana, provenientes de gente de oposición pero también de muchos chavistas que, ya sea en nombre de sinceras posturas éticas-revolucionarias o por mera pretensión de pureza o pedigrí socialista, no hacen sino condenar y atacar a los “pequeño-burgueses” que tienen alrededor porque, a fin de cuentas, todos son víctimas de penosas contradicciones excepto ellos.

Mucha tinta tendrá que correr para demostrar cuánto daño le han hecho al proceso bolivariano las posturas tipo “Torquemada”, actitudes y comportamientos sectarios que ciertamente no suman gente a la revolución. Y es que ¿hay alguien aquí libre de contradicciones? Por ahora, nos interesa destacar la idea de que socialismo no es sinónimo de pobreza, de carestía, de volver al guayuco, de no comerciar con los centros metropolitanos del capitalismo histórico, o de rechazo y condena al cambio tecnológico y sus consecuencias.

Dadle un martillo a un niño, y verás como para él todo se hará merecedor de un martillazo”, dijo una vez Gastón Bachelard para criticar la forma ciega, vertiginosa, irreflexiva y acrítica que tendían a adoptar ciertos investigadores sociales en la aplicación de una determinada metodología, dada la validez y aceptación de esta, indistintamente de los contextos y realidades concretas. Pero además, un niño con un martillo simboliza un sujeto, un infante, alguien sin la madurez suficiente, sin el criterio necesario, al cual se le ha entregado una herramienta que, por sus características, se hace peligrosa en sus manos, cuando no impertinente y torpe.

Ahora bien, hacer una extrapolación de esta idea a una comunidad o sociedad entera resultaría jalado de los pelos, y no es eso lo que se pretende. Otro sí, comprender que la Revolución bolivariana, como proceso de democratización de todos los aspectos de la vida, de redistribución de la riqueza y de inclusión de las mayorías históricamente excluidas, de los seres invisibles, se impulsó con las herramientas y los funcionarios y cuadros que se tenían a la mano dado el momento histórico. Pero también, esa gran voluntad política llamada Hugo Chávez, para hacer, para transformar, fue un toque de rebato que puso a prueba la formación y la capacidad de mucha gente que no necesariamente era socialista ni por formación ni por convicción. Agreguemos que el proceso se da en un contexto ideológico, es decir, en el marco de una ideología dominante, que formando parte de la estructura social (Silva, 2011), desempeña un papel en el funcionamiento y la dinámica social.

Dicho de otra forma, la redistribución de la riqueza, real y efectiva, se da en el marco de un determinado sistema de valores y de creencias. De tal manera, el debate, se centraría en lo sucesivo en evaluar el proceso de democratización que ha vivido Venezuela, incluyendo reflexionar sobre qué ha significado, hasta ahora, la inclusión social. Preguntarnos, por ejemplo, en qué totalidad o estructuras estamos incluyendo o, también, si inclusión es transformación. Es verdad, de otro lado, que la cantidad afecta la cualidad. El tema es complejo y puede resultar espinoso. Sin embargo, podemos citar dos investigaciones realizadas, una por Hinterlaces y otra por GISS XXI, que aluden precisamente los gustos, preferencias, actitudes, manera de ver y entender el mundo del venezolano y que pueden ilustrar lo que venimos diciendo.

No está demás aclarar que, indistintamente de lo que se pueda decir sobre estas “contradicciones”, estas nunca tendrán tanto peso como los grandes logros en materia de inclusión y dignificación del pueblo pobre, alcanzados gracias a Dios y a Chávez.

Fue en la campaña presidencial previa al 7 de octubre, que Oscar Schemel presentó los resultados de una investigación realizada en el marco de la lucha política venezolana, y que consideró en su análisis la confrontación socialismo-capitalismo. Empleando la metodología de los grupos focales, en distintos estratos sociales y a nivel nacional, Hinterlaces concluyó que en Venezuela había una “lucha de clases no antagónica”, basada en una exigencia de democratización social por parte del pueblo. En este contexto, varios de los testimonios manifestaban la “comprensión” de que los ricos lo eran por su trabajo y que ellos, los pobres, lo que querían era “oportunidades” para trabajar y progresar.

Por otra parte, fue en noviembre de 2011 cuando Jesse Chacón, en compañía de Fernando Buen Abad, presentó los resultados de una investigación sobre “Sociología del gusto de los venezolanos”, cuyos resultados fueron comentados por el director de GISS XXI en términos de los grandes desafíos que tenía por delante la construcción del socialismo en Venezuela. Uno de los resultados arrojados por la investigación, establecía que el venezolano se caracterizaba por ser alguien que quiere acceder al “capital cultural” para poder así acceder al “capital económico”. Este resultado coincide con las últimas apreciaciones ofrecidas por Schemel en el reciente encuentro de las encuestadoras. “El venezolano es muy aspiracional, muy pequeño burgués”, fueron las palabras de Schemel. Aquí podríamos hacernos una pregunta ¿Cómo encajaría esta idiosincrasia pequeño-burguesa con las ideas de justicia, igualdad, solidaridad, cooperación y humanismo, propias del socialismo?

¿Dónde queda, o cómo fortalecer la “Conciencia del deber social” postulada por Antonio Aponte en el contexto saudita de la superabundancia petrolera?

Dichas señales, comprendidas en el marco de una sociedad rentista, deben hacernos comprender que la lucha por el socialismo, como utopía concreta, se está dando en el marco de una batalla de ideas donde la hegemonía cultural parece seguirla ostentando el proyecto burgués, el cual podríamos resumir parcialmente con estas palabras: progreso, desarrollo, conocimiento experto, orden, industrialización, tecnología, individuo, razón, Estado-nación, capital, mercado, etc., palabras que en nuestro contexto de cambio de época, siendo optimistas, están en proceso de resignificación en el marco de la lucha política por una sociedad diferente, pos capitalista.

Así las cosas, estas “contradicciones” son completamente normales en un contexto que sería una combinación de un discurso radical antiimperialista ―lo cual no significa rechazar al pueblo habitante del Estado identificado con el imperio, su cultura, sus valores, etc.―, un proyecto de modernización ―industrialización socialista, satélites, canaimitas, transferencia de tecnología, urbanización, integración física de la nación, adopción de valores culturales propios de la modernidad― y una gran sensibilidad social expresada en el discurso y las acciones concretas del líder carismático que se conecta poderosa y afectivamente con la mayoría del pueblo, todo lo cual emparenta al proceso político chavista con otros procesos históricos como, por ejemplo, el peronismo.

Venezuela, en fin, sigue siendo un país capitalista, y como el socialismo y la conciencia revolucionaria no se decretan, es natural, comprensible, aunque por supuesto de ninguna manera deseable, que sigamos siendo un país consumista, importador, con una burguesía parasitaria y donde suelen verse este tipo de “contradicciones” entre los que defendemos ―porque no me considero libre de contradicción― una sociedad alternativa a la capitalista. De otro lado, solo una ceguera criminal o una imperdonable ingratitud ignoraría el bienestar que ha generado en los últimos años la ingente inversión social hecha por el Estado venezolano para beneficio de todas y todos.

Quizá, una manera de entender un proceso donde las acusaciones de incoherencia y contradicción provienen de distintos sectores ―quiero decir, vienen de la izquierda también―, sea analizarlo a la luz de lo que Enrique Dussel definió como Transmodernidad. Varios autores han visto en la Revolución bolivariana una revolución transmoderna, una visión, una propuesta que está planteada en el país.

Venezuela, por ahora sigue siendo una condensación de tamunangue con informática, de hayacas con nuggets, y de blackberrys con sueldo mínimo; un país donde el que no es “papa de los helados” es un pendejo. En fin, soy contradictorio, viva la Revolución bolivariana.

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sábado, 20 de abril de 2013

Crónicas del cierre de campaña: los retos que tiene Nicolás Maduro

El 11 de abril despuntó con un brillante sol abrazador, purificador, sin brisa. En los Altos Mirandinos, los pinos y eucaliptos parecían estar petrificados. Ni la más fina rama se movía. La luz del cielo parecía perenne, eterna. Se cumplían 11 años del golpe de Estado, y la memoria de tan importante acontecimiento se conjugaba con el cierre de campaña de Nicolás Maduro, el candidato obrero, hijo de Chávez.

Tomé la primera camioneta, la que atraviesa la principal arteria de la parroquia. Al llegar a un conocido sector comercial, vi que un autobús venía entrando a la avenida proveniente de la transversal. Ese autobús estaba lleno de alegría y combatividad porque se dirigía hacia el gran evento. De un estacionamiento adyacente se acercaban tres hombres delgados, sonriendo, uniformados. Eran los vigilantes del estacionamiento, quienes respondiendo a las consignas que salían del bus, exclamaban “Chávez vive, la lucha sigue”.

De inmediato me bajé de la camioneta para abordar el autobús, que no era el del progreso, pero sí el que nos llevaría por el camino, con el que continuaríamos la senda de la emancipación, de la prosperidad, de la liberación. Agarramos carretera. Era inevitable no recordar el cuatro de octubre, el día en que el cordonazo de San Francisco bendijo el cierre de campaña del Comandante Chávez, evento que anticipó la victoria popular del 7 de octubre. Este 11 de abril sería muy particular porque sería una reedición del 4 de octubre, a once años del golpe de Estado y sin la presencia física de Hugo Chávez. El pueblo, como siempre, respondería.

Llegamos a Plaza Venezuela más rápido de lo previsto. Como el 4 de octubre, mucha gente había llegado a la capital desde la noche anterior o desde tempranas horas de la mañana. Ahí nos bajamos y aproveché para preguntarle a Emilio Rojas Farfán cual era a su parecer el principal desafío que tenía Nicolás Maduro una vez ganara las elecciones presidenciales, único escenario posible que arrojan los estudios de las principales agencias de opinión, dicho sea de paso y valga la acotación…

En estos momentos Nicolás tiene una responsabilidad en el proceso revolucionario. Lo hacen ver como el legado del presidente Chávez, hacia uno de los alumnos principales que estuvo con él acompañándolo hasta sus últimos momentos. Hablando de responsabilidades después de los comicios electorales, le queda (a Maduro) construir un liderazgo utilizando la estructura del poder popular, pero bajo las bases de la ideología chavista, ya que Chávez trasciende lo físico y pasa al pensamiento y la forma ideológica. Nosotros de ahora en adelante tenemos que ver a Chávez como una ideología pura dentro del proceso revolucionario, acompañado al Árbol de las Tres Raíces para sumar la cuarta raíz entre Bolívar, Zamora, Rodríguez y Chávez”.

Caracas ardía. A poco más de un mes de la desaparición física de Chávez, era impresionante ver el entusiasmo, la festividad y la combatividad de un pueblo que aún peregrina en el Cuartel de la Montaña para rendirle honor al Comandante. A mediodía, a pleno sol, llegamos a la sede principal de la Cantv del pueblo, donde tomamos un refrigerio antes de continuar la marcha a la Av. Bolívar. Ahí me despedí de los compañeros con los que había llegado para perderme entre la multitud, bañarme de pueblo, captar imágenes para la historia, y pasar por la Av. México, donde me encontraría con otros compañeros de la lucha por la organización y la conciencia. Reflexiones sobre si esta lucha era nacional o de clases ―o si incluye las dos perspectivas―, la importancia de sistematizar el ideario chavista, la construcción del Estado comunal en condiciones hegemónicas adversas, el combate a la violencia, la especulación, el burocratismo y la corrupción, afloraban naturalmente durante la marcha.

La avenida México se llenaba de color, de música, del fervor patrio que ya podía sentirse y respirarse a tres días del gran evento. Empiezo mi caminata en dirección a Bellas Artes y me encuentro con viejos amigos, grupos institucionales, camiones con música resplandeciendo bajo el sol voraz. Las maravillosas franelas con los ojos de Chávez por todos lados, ahora junto con las que llaman a votar por Maduro, muchas mujeres con bigotes o con su plátano en mano. No faltaban las pequeñas ventas de bebidas varias. A mi izquierda, un grupo de samba pone a mover las caderas a un grupo de exuberantes compatriotas. De repente me encontré en una sombra, bajo el toldo de un comercio, y reflexiono por un momento sobre el hecho de que haya gente aún, después de 14 años de proceso político de cambio, capaz de equipar una concentración como la de hoy con la del candidato de la derecha, el cual se está enfrentando, recordemos, al suicidio político de perder dos elecciones presidenciales seguidas en menos de seis meses.

Una comparación que, cuando no tiene que ver con el músculo, con la capacidad, con lo cuantitativo, alude a supuestos comportamientos agresivos “tanto de un lado como de otro”. Se trata de verdades objetivas contra opiniones sesgadas o auto-mutiladas. Ojos que no quieren ver, cerrados al amor, a la verdad, a la belleza. Son los momentos en los que la ciencia, en tanto conocimiento susceptible de validación empírica, adquiere una redonda importancia.

Ya en la Av. México, me encuentro con el poeta y militante de Caracas José Javier Sánchez. Le hice la misma pregunta. Para el vate, el mayor reto de Maduro es

“…primero, es darle continuidad al proyecto revolucionario y seguirlo profundizando, el segundo reto mayor es generar las condiciones para que la unidad en torno al movimiento revolucionario se mantenga, para que no puedan existir confrontaciones entre el poder militar, que es tan importante y que le ha dado tanta fortaleza al proyecto y que el Comandante Chávez supo darle su lado justo dentro de la construcción de la revolución y lo que tiene que ver con el proyecto social. Esa unidad cívico-militar que Chávez mantuvo con tanta fuerza es un compromiso y un reto para Nicolás mantenerlo. Y por otra parte, es seguir profundizando los proyectos revolucionarios que tienen que ver, primero con la materialización del verdadero poder popular, la materialización del poder popular, creo que Nicolás en su discurso lo ha mantenido, siento que lo que ha dicho se acerca mucho a ese sueño revolucionario que hemos tenido nosotros donde el pueblo asume las riendas de la construcción de su proceso, quizá ese es el mayor reto. El otro reto, es saber, entender, que la burguesía, el capitalismo, juega de distintas maneras, con distintas manos, y saber leer esas lecturas que le pueda prestar, que le puede ofrecer el capitalismo a él, y que en algún momento si no se hace una lectura sana pueda desviar el proceso revolucionario. El compromiso para él es un compromiso fuerte porque, como lo decía ayer Soto Rojas “Esta es nuestra primera batalla sin Chávez”, sin Chávez vivo, porque Chávez es un espíritu que se mantiene en todos nosotros y nos toca asumir este primer reto sin él en vida, pero también el primer reto de Maduro, y Maduro significa la continuidad política. Entonces el papel de él va a ser importante, creo que Chávez le dejó un reto muy grande porque es la continuidad después de Chávez. Con el apoyo y la solidaridad del pueblo venezolano creo que vamos a materializar ese sueño pero él tiene que tener mano dura y conciencia clara para que eso no se le vaya de las manos”.

La tarde apenas comenzaba. La cerveza se evaporaba en el cuerpo, canciones y consignas, discursos y puños en alto, aplausos y bailes, daban cuenta de un pueblo rodilla en tierra, preparado para la nueva batalla, para seguir haciendo historia.

En la Av. Bolívar, algún facineroso intentó ensuciar el armónico, fluido y pacifico evento. Fueron actos fallidos que se estrellaron contra la grandeza de la presencia divina del pueblo del amor. Este domingo, Venezuela escogerá el camino de la luz.

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lunes, 15 de abril de 2013

La primera batalla electoral sin Chávez fue una gran advertencia

Chávez en su último discurso del 8/12/12
Luego de la lamentable desaparición física del Comandante Chávez el pasado marzo, había quedado claro que Nicolás Maduro era la persona que el chavismo tenía que apoyar. Lo hicimos. Cumplimos con Chávez, aunque no todos los que le dieron su voto en octubre lo apoyaron ahora. Fueron 615.626 mil votos menos.

Es cierto que a lo largo del proceso bolivariano, con elecciones cada año, el presidente Chávez nos acostumbró a las victorias amplias, contundentes. Ahora, dada la victoria por menos de dos puntos del candidato de la Patria, se tuvo que hacer cierto esfuerzo discursivo para dejar claro que una victoria cerrada era también una victoria, como si nuestro sistema electoral automatizado y tecnológicamente blindado, perdiera sus cualidades en situaciones donde la brecha entre dos contendientes resulta bastante corta; como si la autoridad del poder electoral dependiera de las victorias contundentes de amplia brecha.

Ni el CNE y ni el campo revolucionario pueden aceptar chantajes. En 2007, durante el Referéndum de la Propuesta de Reforma Constitucional, todo indicaba, por lo que estaba en juego ―aunque la aprobación de la reforma no decretara el socialismo así sin más―, que si ganaba la propuesta esta debía ganar por un amplio margen, dada la necesidad de garantizar la gobernabilidad en la construcción de una sociedad socialista, antagónica de la capitalista. Ahora, si la “mitad del país” se estaba oponiendo a la reforma, bastaba un voto a favor para que no se aprobara la revolucionaria propuesta. A partir de ahí, pareció quedar instalada la idea de que las victorias socialistas, para ser tales, debían ser necesariamente amplias, mientras que las victorias de la derecha podían contentarse con ser cerradas, por un voto, pírricas.

Pero desde la óptica electoral y las leyes electorales las victorias cerradas son también victorias; incluso las pírricas, como fue el triunfo del No en el referéndum de diciembre de 2007. Ahora bien, otra cosa es la lectura de los resultados desde la perspectiva del propósito de construir el socialismo. Si Nicolás Maduro representa, así como representó Chávez, la posibilidad de construcción de la Venezuela socialista, del Estado comunal, el autogobierno, la diversificación de las formas de propiedad de los medios de producción, siempre con la presencia, la potenciación, regulación y facilitación de un Estado al servicio de las clases más vulnerables, ese proyecto debe ser hegemónico o hacerse progresivamente hegemónico.

Pero los dos últimos resultados electorales, victorias del chavismo, vienen indicando todo lo contrario, una pérdida de terreno hegemónico desde la perspectiva socialista.

Los análisis comienzan. Tal vez la indignación de constatar que el chavismo sacó 615.626 votos menos en relación al 7 de octubre, y que Capriles sacó 711.337 votos más en relación a la misma fecha, sea suficiente esta vez para asumir la autocrítica de manera sincera, más allá del discurso.

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viernes, 5 de abril de 2013

Ahora es que comienza tu era, Comandante

Escuchando al presidente Nicolás Maduro en el acto con la Fuerza Armada Bolivariana, me doy cuenta de cómo ha comprendido y asumido lo que me parece es uno de los legados más importantes del Comandante Chávez.

A un mes de la desaparición física del huracán Chávez, no nos queda duda de que esa parte de su legado es la que convertirá a Venezuela en una auténtica potencia, en lo político, económico, militar, cultural y moral. Ese legado, cuya fuerza telúrica dejó profunda impronta, es el de la voluntad.

Si algo demostró el presidente Chávez con su pujanza, su personalidad, su potencia, sensibilidad, energía y compromiso, es que para hacer, para transformar, para construir, para concretar lo que se plasma en un papel, para aterrizar los sueños, hay algo de lo que no puede prescindirse y que incluso, dadas ciertas condiciones puede llegar a ser determinante: la voluntad. Chávez fue, ante todo, una gran voluntad, la estrepitosa voluntad política quebradora de los pesimismos de la inteligencia.

En el apogeo de su intervención ante los compañeros militares, Maduro planteó la posibilidad de que la Fuerza Armada Bolivariana desarrollara la capacidad de fabricar sus propios aviones, sus propios helicópteros; incluso sus propios alimentos. El hijo de Chávez reflexionó sobre algo que siempre ha sido una verdad, y que fue un objeto constante de las inquietudes y preocupaciones de Chávez: si somos inteligentes, si tenemos la capacidad, si tenemos los recursos materiales, si lo tenemos todo ¿Por qué no podemos? ¿Es que acaso somos seres inferiores, incapaces?

Nadie duda que los venezolanos tenemos la capacidad para realizar las tareas más nobles, emprender los proyectos más ambiciosos, concretar los más grandes proyectos. El problema, el obstáculo, no es ni ha sido nunca de inteligencia o capacidad. Afirmar lo contrario sería asumir el viejo mito moderno de que como nos tocó en suerte nacer en el territorio de lo “incivilizado”, de lo “subdesarrollado” y “bárbaro”, en la tierra de Calibán, somos inferiores por naturaleza, tal como lo eran los esclavos para Aristóteles. Y si la cosa es así, el problema se escaparía de nuestras manos y tendríamos que asumirnos eternamente dependientes de la ciencia y la tecnología; del pensamiento, europeo o euro-norteamericano.

En este sentido, recordamos como hace algunos años, ya formando parte del torbellino político desatado con la Revolución, una reflexión nos llevó a plantear que Chávez era una gran voluntad política que estaba forzando a las fuerzas del cambio a levantarse, a despertarse, a sacudirse la modorra de la desesperanza y el pesimismo y ponerse a la altura de esa voluntad irrefrenable, al nivel del desafío. Nuestra propia formación teórica-política, salvo las excepciones de siempre, no parecía estar en sintonía con lo que ese dinamo incansable proponía, concebía, inventaba.

Como líder revolucionario, Chávez se rebeló contra un conjunto de "situaciones cristalizadas" que habíamos heredado de la cuarta república, situaciones frente a las que muchos, o habían abdicado o consideraban parte del paisaje político-social del país que teníamos. Una de esas situaciones fue evocada hace poco por Aristóbulo Istúriz, quien recordó como en los primeros años del chavismo, en un Consejo de Ministros en el que él participaba, el presidente hizo la siguiente pregunta: ¿Ustedes creen que vale la pena gobernar este país sin tomar el control de Pdvsa? Cuenta Istúriz, que de inmediato saltó Miquilena a decir que meterse con Pdvsa implicaba golpe de Estado, que mejor no tocara la gran empresa.

Pero Chávez aceptó el reto, no encogió los hombros ante lo que “siempre había sido así”, y en lo sucesivo Pdvsa no seguiría siendo un Estado intocable dentro del Estado. Ya sabemos lo que pasó. Ahora bien ¿Fue la inteligencia, la mentalidad filosófica, la sabiduría de los doctores, los lineamientos de algún gurú de la planificación lo que hizo que el gobierno tomara el control de la principal industria del país? No, compañeros, fue una decisión política movida por un sentimiento patriótico y una gran sensibilidad social, es decir, la recuperación o, democratización de Pdvsa se llevó a cabo gracias a la voluntad política.

Recordemos a Gramsci “Ante el pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad”

¿Cuál es la enseñanza? Esta: ¿Hay o no hay voluntad política? That`s the question.

Es necesario destacar que el anterior es solo un ejemplo de todos los que se pueden citar. Imaginémonos el gran trabajo de sistematización que habrá que emprender con los miles de testimonios que quedaron de esta brillante y compleja historia en la que la acerada voluntad de un hombre, Hugo Chávez, despertó conciencias, rompió paradigmas y nos demostró que, efectivamente, vivimos en la tierra de lo posible.

A 14 años del inicio del fenómeno político que se llamó ―y que continua llamándose― Revolución bolivariana, pensamos que es mucho lo que se ha aprendido, muchos los espacios que nacieron, las instituciones que se crearon, los recursos invertidos en el desarrollo del país, todo lo cual generará necesariamente un salto cualitativo en Venezuela. Se vislumbra en el horizonte un legado monstruoso, y desde ya podemos decir que, si se mantiene esa voluntad ―y Nicolás está demostrando haber asumido ese legado fundamental― y a esta se suma una preparación y capacidad a la altura de esa voluntad, más temprano que tarde tendremos una nueva potencia en el mundo.

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viernes, 29 de marzo de 2013

Palabras en tu honor, camarada

Cuando nuestras vidas se cruzaron en la artillería del pensamiento, al poco tiempo recordé un correo que hacía un par de años había recibido con un amable comentario de un artículo en el que criticaba a un conocido personaje de la Cuarta República. El remitente y él tenían el mismo nombre. Más adelante, le pregunté si había sido él quien me había enviado ese correo y su respuesta fue una sonrisa, una evasiva sonrisa. Así era el camarada, sugerente, reservado. Hoy, me pregunto sobre la vida de una persona, de un compañero, cuyo mundo personal mantuvo siempre en infranqueable discreción; hoy, me pregunto sobre lo que la tribulación pudo haber acumulado en su pecho y en su mente.

Ese acumulado, ese dolor, el trabajo y el estudio sin descanso, la incomprensión, la muerte del Comandante, todo eso pudo haberlo matado. Nunca supo sobre la jodedera que mantuvimos cuando era nuevo por su parecido con un conocido diputado de la oposición, con quien también compartía el apellido. Activo en todos los proyectos, como queriendo recuperar algún tiempo perdido, vivir a plenitud esta maravillosa época bolivariana, en cada debate sabía escuchar cada intervención, sintetizar, tomar nota, replicar si era necesario, cualidades de las que muchos carecían y que hicieron de él alguien culto, en el parecer de Galeano que es el parecer de nosotros. Al poder del conocimiento unía el de su voz, la cual sabía administrar, esconder y enseñar en función del escenario.

Ingeniero sin el papel, pero también lector voraz y apasionado de la historia, nos acompañó en los diálogos que se iniciaron a propósito del bicentenario del primer germen independentista, en los espacios de Tiuna El Fuerte junto al historiador Alexander Torres, quien supo apreciar su aporte, toda vez que la pregunta que nos hicimos y que abrió los fuegos del foro, fue si realmente teníamos algo que celebrar, conmemorar, recordar o reflexionar, por los doscientos años de aquella declaratoria de fidelidad a aquel rey. Su sentido de la responsabilidad era rígido, sin concesiones, asfixiante, innegociable. Solo después de tu imprevista y súbita partida, distanciados, reciente la muerte del Comandante, comprendí que actuabas contra el tiempo, en rebelión permanente contra la entropía, con la conciencia del final siempre presente. Nunca nos dijiste nada, hermano, pero sabía de tu mariateguiana agonía.

Hombre de familia, riguroso en el trabajo, fue siempre de los primeros en llegar y de los últimos en irse. Solidario, compañero de lucha a toda prueba, amigo de sus amigos, prefirió reservarse las críticas y optar siempre por el diálogo, la diplomacia. Asimismo, creo sinceramente que no hubiera titubeado al momento de tomar el fusil, y orgulloso hubiera combatido y caído en la refriega. Pero igual, en esta Revolución pacífica, más difícil aún, cayó combatiendo en el lugar de trabajo, en el frente complejo y turbulento de la burocracia.

Confieso que no quise verte en la caja. Preferí llevarme la imagen del compañero que estuvo conmigo en la presentación de la biblioteca José Carlos Mariátegui en el Parque Francisco de Miranda, en ese lluvioso noviembre de 2010; prefiero recordar las amables palabras que tuviste a bien pronunciar durante la presentación de mi libro, hace apenas dos años. Siempre estuviste ahí, como un hermano misterioso, como un guardián. No sé si lograste todos tus cometidos en el terreno, lo que sí sé es que fuiste un ejemplo, y desde acá te recordaremos.



domingo, 24 de marzo de 2013

La violencia y el papaheladismo patológico

Venezuela entera celebra la creación del Movimiento por la Paz y la Vida, una política de Estado que se espera movilice a la sociedad en su conjunto en el propósito de combatir y erradicar definitivamente el complejo mal de la violencia. En este contexto, aprovecharé para hacer una breve reflexión como forma de aportar al debate abierto sobre un tema que, a pesar de sus complejidades, fue y sigue siendo utilizado políticamente por los sectores que se oponen al Gobierno bolivariano.

Históricamente, la pobreza, la genética, las drogas, se han aludido como causantes de la violencia en nuestro país. Las tesis sobre el por qué del comportamiento violento abundan. Sobre el tema se encuentran trabajos de la mayor seriedad, así como otros sin mucha fundamentación, simplificadores, jalados por los pelos. De otro lado, la politización del asunto no ha colaborado en nada para solucionar el problema, aunque sí para ampliar un poco nuestra visión sobre la situación.

Si escogemos el tema de la pobreza como el nodo crítico entre los factores causantes de la violencia en Venezuela, de inmediato recordamos la intervención en CNN en español del sociólogo venezolano Roberto Briceño León, quien tiene años dirigiendo un instituto especializado en el tema que nos ocupa. Todos recordamos como en ese programa, el investigador, debatiendo en vivo con el entonces ministro de comunicación Andrés Izarra, argumentaba que si la pobreza en Venezuela se había reducido sustancialmente, tal como lo afirmaba el gobierno, y la pobreza era la principal causa de la violencia, entonces la violencia registrada en el país constituía el mentís de la primera afirmación: la reducción de la pobreza en el país.

Ahora bien, si la pobreza se redujo en Venezuela y sin embargo los niveles de violencia siguen siendo preocupantes ―partiendo de la premisa de que la pobreza es la causante de la violencia―, eso nos estaría indicando una de dos cosas: que es falso que la pobreza se ha reducido en el país o, que la pobreza ―entendida como mera pobreza material― no es entonces lo que causa la violencia, o por lo menos no es la causa fundamental en este momento de la historia del país, toda vez que pudo serlo en otra época o en otro contexto.

Con esta afirmación no nos referimos exclusivamente a la idea de que la pobreza también puede ser espiritual, cultural, lo cual constituye otro factor a considerar, sino que existe un correlato más perverso de la exclusión material, un factor que alude directamente elementos ideológicos, psicológicos, subjetivos, y que generan un sufrimiento mayor que la carencia material o el hambre en sí misma. No me refiero a otra cosa sino a la indiferencia, el desprecio y la discriminación que, junto al hambre, tienden a sufrir los pobres por su condición, en el contexto de todas las modernas sociedades capitalistas.

Efectivamente, estamos recordando la investigación citada por Oscar Schemel, de la agencia Hinterlaces, durante un foro realizado en el marco de la pasada campaña presidencial, previa al 7 de octubre. El estudio citado, consistió en una encuesta realizada a 60 mil personas en sesenta países, en la que se le preguntó a la gente que era lo que más dolía de ser pobre. Una respuesta se impuso por encima del hambre, y fue “la mirada de desprecio”. Los resultados de este estudio fueron citados hoy, y no por casualidad, por Eleazar Díaz Rangel en su columna dominical.

¿Qué lectura podemos dar de los resultados de esta curiosa encuesta? En el documental Zeitgeist Moving Forward, por medio de la voz de diversos profesores y voces acreditadas para ello, se da cuenta de que la violencia es inherente a las sociedades estratificadas y jerárquicas, y en algún momento llegan a una conclusión similar a la del estudio mencionado: la violencia es producto de la discriminación, del irrespeto, de la formas más inverosímiles de humillación y sometimiento propias de sociedades donde las desigualdades o jerarquías económicas son sólo las más visibles entre un conjunto de formas de opresión que terminan expresándose en distintas formas de violencia.

De esta manera, conviene entonces analizar el conjunto de valores y creencias dominantes en nuestra sociedad, siempre en relación con nuestra economía rentista que todo lo permea y distorsiona.

A mi modo de ver, bien valdría la pena preguntarnos sobre los actuales fundamentos del estatus social, considerando que estamos, como se ha dicho hasta la saciedad, en un proceso de cambio de época.

Esto nos llevaría a preguntarnos, en primer lugar, que es eso del “estatus social”, en un país caracterizado por lo que he llamado el “papaheladismo patológico”. Recordemos que a Chávez lo llamaban el “malhablado”, el “inquilino”, así como ahora llaman a Maduro “el autobusero”.

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